En defensa de los derechos animales

defensa-derechos-animalesAyer murió Tom Regan, un filósofo muy conocido entre las personas que defienden a los animales, que desde los años setenta hasta el momento de su muerte estuvo activo, escribiendo y haciendo activismo.

Muchas veces sucede que se idolatra a personas que hicieron una contribución especial a alguna causa. No me gustaría contribuir a ello desde aquí en este caso. Pero sí me gustaría mandarle mi agradecimiento por el trabajo que realizó por los animales (y también por la cordialidad y amabilidad con la que se comportó las veces que traté con él).

Con ese fin, en el resto de esta entrada incluirá una recensión del libro más conocido de los que publicó (se trata de una revisión de una recensión escrita ya hace más de diez años).

El libro en cuestión es, como quizás ya habréis supuesto, The Case for Animal Rights. No estaba aún traducida al castellano cuando se escribió esta recensión por primera vez, a mediados de la década pasada. Pero fue traducido en 2013 por el Fondo de Cultura Económica de México, con el título En defensa de los derechos de los animales (hay que tener cuidado para no confundirse con otro libro distinto que Regan escribió cuyo título en inglés es Defending Animal Rights).[1]

Lo primero que se puede decir de este libro es que no muchas de las personas que han oído hablar de Regan lo han leído en realidad (a diferencia de lo que ocurre por ejemplo en el caso de Singer). Ello tiene una razón muy comprensible: este, lejos de ser un trabajo de divulgación, es un texto filosófico bastante denso. En realidad, la tarea que emprende Regan es distinta de la asumida por ejemplo en Liberación Animal. Regan no procede simplemente aplicando a un problema concreto (la discriminación de los animales no humanos) una teoría ya desarrollada y exponiendo los resultados (sin ahondar en detalles argumentativos). Lo que hace es construir una teoría propia que dé cuenta de nuestras obligaciones morales (aunque, evidentemente, tomará distintos elementos e ideas de otras posiciones ya formuladas con anterioridad).

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Dos individuos con intereses propios, uno de ellos Tom Regan

La idea de Regan es que una vez que hayamos asumido la validez general de esta teoría, podremos pasar a comprobar qué es lo que esta nos dice cuando nos preguntamos si la discriminación de los animales no humanos se encuentra justificada. En ese momento, tendremos que concluir cuáles son las repercusiones prácticas que se derivan de ello.

Si bien este es el esquema general conforme al que cabe entender la propuesta de Regan, su exposición en la obra va a seguir un orden distinto. En los tres primeros capítulos (“Consciencia animal”, “La complejidad de la consciencia animal” y “Bienestar animal”)[2] Regan defiende que los animales no humanos son seres con la capacidad de poseer experiencias positivas y negativas y, así, de tener un bienestar. De este modo rebatirá, entre otras ideas, la afirmación de que no son seres conscientes por no poseer un lenguaje.

En los tres siguientes capítulos (“Reflexión y teoría ética”, “Las perspectivas de los deberes indirectos” y “Las perspectivas de los deberes directos”)[3] Regan da cuenta de una serie de requisitos que en su opinión ha de satisfacer una teoría ética. Rechaza Regan en particular los dos tipos de posiciones siguientes.

En primer lugar, considera inaceptables aquellas que mantienen que los deberes que tenemos hacia los animales no humanos son de tipo indirecto. Estos enfoques se basan en dos supuestos: (a) la idea de que los animales no humanos no son moralmente considerables, esto es, de que el hecho de que puedan verse dañados o beneficiados por nuestras acciones no debería en sí mismo importarnos en absoluto; y (b) la idea de que, no obstante, no debemos tratarlos cruelmente porque con ello estaríamos obrando inadecuadamente hacia otros humanos (bien porque a estos les desagradaría tal actitud, bien porque con ello estaríamos desarrollando un carácter cruel que posibilitaría futuras conductas igualmente crueles hacia los humanos).

Regan denunciará correctamente como incoherente e inaceptable tal posición (que se ve reforzada cuando se basa la defensa de los animales no en los intereses de estos, sino en el argumento que quienes son violentos con los animales no humanos pueden luego agredir a otros humanos). Si podemos establecer un paralelismo entre el daño causado a los animales no humanos y el causado a los humanos entonces resulta arbitrario suponer que sólo tenemos deberes directos hacia los humanos. Por lo tanto, no deben denunciarse las agresiones a los animales no humanos porque puedan dañar indirectamente a los humanos, sino por el propio daño que les ocasionan a ellos.

La otra posición a la que se opone Regan es la agregacionista que busca la maximización del bien general, como asume el utilitarismo. Regan rechaza que para ello se puedan frustrar intereses particulares. Defiende una teoría en términos de derechos morales que protegen a sus posesores incluso aunque otros individuos sufran un perjuicio por ello. Por su parte, quienes defiendan el utilitarismo acusarán a su vez a quienes asumen una posición como la de Regan de permitir que, con el fin de salvaguardar los intereses de un individuo concreto, se sacrifiquen los de una gran mayoría.) Se trata, en realidad, de la clásica discusión entre consecuencialismo agregacionista y deontologismo, que también se da, claro, entre quienes se oponen al especismo y asumen una teoría u otra. (No son, por supuesto, las únicas teorías desde las que se ha examinado la cuestión de la consideración moral de los animales no humanos, que se ha tratado también desde posturas como el consecuencialismo negativo, el igualitarismo, el prioritarismo, las éticas de la virtud o las del cuidado, entre otras.)

La exposición de la teoría que propondrá Regan tendrá lugar en los dos siguientes capítulos “Justicia e igualdad” y “La perspectiva de los derechos”.  El modo en que procederá Regan para construir su teoría es el siguiente. Partirá de la idea de que tenemos unas ciertas convicciones previas sobre qué es correcto o incorrecto. Y propondrá una serie de postulados que, en su opinión, deberemos aceptar como principios básicos por su superioridad frente a los de otras alternativas posibles para adecuarse a tales convicciones preliminares.

La teoría que formula y defiende Regan será lo que se denomina una teoría de los derechos prima facie. Este tipo de teorías son aquellas que sostienen que un derecho en principio no puede ser vulnerado a no ser que se dé una situación de conflicto entre distintos derechos. Esto es, en aquellas situaciones en las cuales respetar los derechos de alguien implica forzosamente vulnerar los de otro sujeto. En tales casos de conflicto para Regan es preciso decantarse siempre por llegar a la solución que salvaguarde un derecho de más importancia. O, si la relevancia de todos los derechos implicados es la misma, la que salvaguarde el mayor número de derechos.

Afirma Regan que poseen derechos todos aquellos seres dotados de lo que denomina “valor inherente”. E indica que lo que posibilita que posean tal valor será el hecho de que son lo que llama “sujetos (o sujetas) de una vida”. Con tal término no se refiere Regan al mero hecho de estar vivo o viva,[4] sino al de tener la posibilidad de poseer experiencias que hacen que la vida nos vaya mejor o peor. A esto es a lo que Regan llama la posesión de un “bienestar experiencial”, que considera que, en última instancia, es lo que da sentido a la consideración moral que deberíamos dar a los seres sintientes.[5]

Una planta y un animal en estado de coma irreversible son seres vivos, pero no están conscientes; carecen de la capacidad de tener experiencias positivas y negativas, que es lo necesario para tener derechos. En relación a esto cita Regan una serie de requisitos que considera necesarios para ser un “sujeto de una vida”, entre los que incluye el hecho de poseer deseos, percepción, memoria, un sentido del futuro, una identidad psicofísica, una vida emocional ligada a sensaciones placenteras o de sufrimiento…[6]

Una crítica habitual a este respecto, común entre quienes defienden el especismo, consiste en indicar que sólo quienes puedan poseer deberes podrán disfrutar de derechos. La respuesta a tal objeción es que las capacidades necesarias para la posesión de derechos no coinciden con las que son necesarias para el reconocimiento y respeto de tales derechos. De acuerdo con esto, distingue Regan entre agentes morales (quienes pueden asumir responsabilidades) y pacientes morales (quienes no tienen la capacidad de hacerlo pero son, sin embargo, seres con bienestar experiencial). Dado que tanto agentes como pacientes comparten las condiciones necesarias para la posesión de “valor inherente”, dirá Regan, estará fuera de lugar afimar que no puedan poseer derechos por igual.

Las consecuencias de todo esto se exponen en el último capítulo del libro, “Implicaciones de la perspectiva de los derechos”.[7] En este se muestra que de la argumentación anterior se infiere que el uso de animales resulta injustificable. Prácticas como su uso para la experimentación o la caza resultan así censuradas, y se concluye que el abandono del consumo de animales constituye una obligación moral.

Esta obra tuvo una importancia notable a la hora de promover el interés por ls consideración de los animales no humanos. Pero también ha sido objeto de toda una serie de críticas, entre las cuales se encuentran las siguientes:

  • En primer lugar, como ya hemos visto, desde posiciones consecuencialistas se ha sostenido que proteger a un pequeño grupo sería moralmente inaceptable cuando ello tiene consecuencias terribles para grupos muchos mayores.
  • Por otra parte, se ha criticado que la idea de “valor inherente” viene a ser un mero recurso concebido por Regan que carece de un fundamento real constatable (a diferencia, por ejemplo, del concepto de “interés”, como en el caso del interés en no sufrir o en vivir).[8]
  • Asimismo, se ha criticado que los requisitos propuestos en este libro para ser “sujeto de una vida” son excesivamente estrictos. Parece que lo único necesario a tales efectos tendría que ser la posesión de experiencias positivas y negativas, independientemente de la posibilidad de tener, por ejemplo, memoria o un sentido del futuro. De hecho, en este libro Regan indica que su criterio sería cubierto, por lo menos, por los mamíferos de más de un año. Y no niega que otros animales puedan también ser “sujetos de una vida”. Pero no lo afirma de forma explícita, a pesar de que los argumentos fisiológicos, evolutivos y de conducta para afirmar la capacidad de sufrir y disfrutar es compartida por todos los vertebrados y un gran número de invertebrados. Esto será muy criticable.[9] Afortunadamente, más adelante en distintas apariciones públicas Regan indicó que su criterio podría ser también satisfecho por otros animales.
  • Otro de los puntos en los que la posición de Regan ha sido más criticada tiene que ver con su actitud hacia los animales que viven y mueren en el mundo salvaje. Regan mantuvo la posición sostenida de forma más común en el momento de escribir su libro, según la cual lo que habríamos de hacer es dejar a tales animales a su suerte, incluso cuando sufran daños notables. Pero a día de hoy se han presentado ya argumentos abundantes y evidencias abrumadoras mostrando que la vida de una gran parte de los animales que viven en la naturaleza contiene enormes cantidades de sufrimiento y se caracteriza por la muerte prematura. También se ha mostrado que hay múltiples formas en las que podemos actuar a su favor. Por ello, la posición sostenida en este libro acerca de esto parece que ha quedado ya ampliamente superada.[10]
  • Finalmente, también se ha objetado mucho a Regan el hecho de que en The Case for Animal Rights se dé prioridad a muchos seres humanos sobre otros animales.[11] El motivo es que Regan considerará que a pesar de que humanos y no humanos poseerán un derecho a la vida el de los humanos resultaría prioritario por el hecho de que la vida de estos, cree Regan, tiene mayor riqueza.  La inconsistencia de su posición aquí es muy notable: si se acepta tal idea se ha de aceptar que también el derecho a la vida de los humanos varía (de forma que será mayor el valor de la vida de quienes tengan más años de vida por delante, o mayor capacidad para disfrutar esta). Sin embargo, Regan no asume que el derecho a la vida de los humanos varíe por tales motivos.  Tales posiciones son contradictorias: si la consideración por la vida puede variar en función de su riqueza ello tendrá que aplicarse tanto para no humanos como para humanos. Si no es así no podrá aludirse a ello para discriminar a los animales no humanos. Lo contrario implica evidentemente asumir una posición especista. Más adelante, Regan también modificó esta posición, indicando que podría ser aceptable salvar a ciertos animales no humanos en lugar de a ciertos seres humanos (si, por ejemplo, estos últimos hubiesen realizado o fuesen a realizar acciones horrendas, o si las posibilidades de disfrute de la vida de los primeros fuesen mayores).

En definitiva, la obra más importante de Regan, como en general su trabajo en un sentido más amplio no ha estado libre de controversia, y algunas de sus posiciones han quedado rebatidas. Pero su contribución continuará siendo muy valiosa, en particular por el empuje que dio al estudio de la cuestión en un momento en el que este era especialmente necesario. Por todo esto, es de justicia decir desde aquí ¡gracias, Tom!

 Notas

[1] Regan, T. (2004 [1983]) The case for animal rights, Berkeley: University of California Press; (2013[1983]) En defensa de los derechos de los animales, Ciudad de México: FCE; (2001) Defending Animal Rights, Chicago: University of Illinois Press.

[2] “Animal Awareness”, “The Complexity of Animal Awareness”, “Animal Welfare”. En la edición en castellano hay otros títulos en la traducción, pero yo optaría más bien por estos otros.

[3] “Ethical Thinking and Theory”, “Indirect Duty Views”, “Direct Duty Views”.

[4] The Case for Animal Rights, p. 262.

[5] Ibid., pp. 244-245.

[6] Ibid., p. 243.

[7] “Implications of the Right View”.

[8] Esto se ha hecho, por ejemplo, en Rowlands, M. (2009 [1998]) Animal rights: Moral theory and practice, Basingstoke: Palgrave Macmillan.

[9] Norcross, A. (2016) “Subjects of a life, the argument from risk, and the significance of self-consciousness”, en Mylan, Jr. E. & Comstock, G. L. (eds.) The Moral Rights of Animals, London: Lexington Books, 163-174.

[10] Tomasik, B. (2010 [2009]) “La importancia del sufrimiento de los animales salvajes”, Essays on Reducing Suffering, http://reducing-suffering.org/wp-content/uploads/2014/10/suffering-nature-Spanish.pdf (título original “The importance of wild-animal suffering”, versión revisada en 2015 en  Relations: Beyond Anthropocentrism, 3, 133-152; Faria, C. (2016) Animal ethics goes wild: The problem of wild animal suffering and intervention in nature, tesis doctoral, Barcelona: Universitat Pompeu Fabra.

[11] Jamieson, D. (1990) “Rights, Justice, and Duties to Provide Assistance: A Critique of Regan’s Theory of Rights”, Ethics, 100, 349-362; Finsen, S. (1992) “Commentary on The Dog in the Lifeboat Revisited. Between the Species”, 8, 118-120.

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